La educación es esa virtud, cualidad, característica o búsquenle ustedes la palabra adecuada, de la que carecen un alto porcentaje de personalidades, políticos, gobernantes y monarcas de la historia. Al mismo tiempo, educación es aquello que hace falta para no cantar más de cuatro verdades ante cualquier ventana de la administración pública, o aquella otra cosa necesaria para ver ciertos programas de televisión sin tener vergüenza ajena o sin mandar ningún sms acordándose de la familia del individuo que autorizó su emisión. Educación es lo que nos distingue de los perros y los caballos -a algunos- y nos impide hacer nuestras necesidades en la vía pública (…)
La primera estupidez, la primera tomadura de pelo para todos los miles de estudiantes que anualmente salen engañados de los institutos pretendiendo llegar a una universidad donde estarán a años luz de recibir la educación y formación que imaginan y necesitarán en el mundo real es la prueba de selectividad. ¿Selectividad? ¡Qué repeluco! ¿Es que sólo los selectos tienen derecho a ir a la universidad y los no selectos están condenados al infierno de la mano de obra barata -y a menudo muchísimo más cualificada que los técnicos-? ¿Es que no vale de nada el esfuerzo realizado durante años en el instituto, y por eso es necesario acudir a una prueba adicional? ¿Es que los profesores de bachillerato son de segunda división y por eso los estudiantes necesitan pasar un examen realizado por los hombres sabios cercanos a los hombres sabios y corregido por otros hombres sabios que sí son profesores de primera división, y cuya opinión vale más que la de los profesores de bachillerato? (…)
Luego, el alumno tiene que enfrentarse a una feroz competencia a la hora de conseguir que lo acepten en la facultad deseada, porque hay saturación debido a que muchos otros alumnos no han sacado nota para entrar donde deseaban y tienen que conformarse con entrar donde pueden o donde les dejan. O peor incluso; puede que el alumno en cuestión tenga que meterse por ejemplo en derecho porque en periodismo no lo admitían por la nota de selectividad. O sea, que es selecto, pero no lo suficientemente selecto como para entrar en periodismo. Como si un mal día fuera determinante a la hora de decidir el futuro de un adolescente -puede que el día de la selectividad, el estudiante en cuestión no tuviera a la musa de su parte; ¿por qué dudar de la juventud por principio?- (...)
En la edición de hoy de El Diario de Sevilla -ese insigne ejemplo de independencia editorial al que leo porque al enemigo hay que conocerlo-, año VIII, número dos mil quinientos noventa y tres, aparece un artículo que ilustra convenientemente estas impresiones de las que vengo hablando (…) Según un insigne profesor (…) habría que eliminar el coladero académico en que se ha convertido la universidad, y establecer un filtro tan riguroso de acceso que sólo pudieran superarlo los jóvenes con formación suficiente. Para conseguir esto, y hacerlo de forma real y absolutamente efectiva, sería indispensable transferir TODO el poder a los centros, para que sean éstos quienes decidan qué alumnos son merecedores de estudiar en la universidad y cuáles no -según establecía la anterior ley del último gobierno de Josemari-. Esto debería ser así porque según este ilustrado profesor, lo importante en la universidad tiene que ser la calidad y excelencia de sus alumnos y no otras cuestiones, ya que lo contrario es fruto de pedagogos progres -que acusan injustamente a los profesores del fracaso escolar- y sólo contenta a padres y alumnos malos. Claro, cómo no. La culpa del mal resultado de una operación quirúrgica es del enfermo, por estar enfermo, no del cirujano. Del enfermo y de Felipe González, claro (...)
Me pregunto cómo puede impartir Historia Moderna en la universidad. ¿Será para él historia moderna el líber iudiciorum? Este hombre sabio no se habrá enterado que hace tres décadas que todos los españolitos pobres somos iguales ante la ley -menos los ricos ricos, los hombres sabios, los fuera de la ley y Farruquito-. Este profesor no se ha enterado aún que eso de la excelencia y la calidad y Santiago y Cierra España no es Historia Moderna, sino Arqueología Social (…) ¿Qué enseñará este tipo en sus clases de Historia Moderna? ¿Que Marx fue el anticristo? ¿Que el Che era un terrorista? ¿Que Dolores Ibarruri fue una bruja -la última bruja de la historia-? ¿Enseñará que la Segunda República fue un terrible golpe de estado y que Franco acabó la Reconquista en mil novecientos treinta y nueve al terminar con ella y expulsar de una vez por todas a los rojos, moros y judíos que quedaban? ¿Tendrá como asesor a Pío Moa?
Seguro que esos padres y alumnos malos estarían muy contentos de quedarse fuera del sistema universitario gracias a sus sabios consejos, y de seguir pagándole su inmerecido sueldo mientras tanto. ¿Y qué haríamos con las estudiantAs? ¿Admitimos a las de calidad, a las buenorras que accedan a bajarse las braguitas? ¿Y al resto? ¿Rechazamos a las buenorras estrechas y a las feas? ¿Qué hacemos con los andaluces o los extremeños? ¿Los remitimos del tirón para labores agrícolas? (…)
Si a pesar de todo esto consigues sobrevivir y encontrar un puesto, te encuentras con la mayor de todas. La mafia. Sí señor, la mafia en estado puro. Los señores feudales, dispuestos a todo por conservar y disfrutar de todos sus rancios privilegios -incluido el de pernada, aunque con matices-. Estoy hablando de los colegios profesionales, claro está. Estos son los que controlan todo el tinglado. Tienes que pagar un peaje para ejercer una profesión cuyo derecho a ejercer te has ganado a pulso durante años de sacrificio (…) No basta con tu diplomita. Tienes además que ir y bajarte la ropa interior ante los colegios profesionales que te dan caña a saco, sin anestesia, y encima sonríen groseramente y con la desvergüenza propia de todo aquel que se sabe por encima de la ley. ¿Usted es abogado? No señor. Usted es licenciado en derecho. Pero usted no es abogado hasta que no pague el impuesto revolucionario -léase extorsión- que efectúan de manera legal dichos colegios. ¿Medico? ¿Doctor? Nada de eso, no señor. Usted apoquine, y entonces podrá ejercer. Usted ejercerá cuando yo quiera, porque yo soy el don del barrio, il capo di tutti le capi (…)
La primera estupidez, la primera tomadura de pelo para todos los miles de estudiantes que anualmente salen engañados de los institutos pretendiendo llegar a una universidad donde estarán a años luz de recibir la educación y formación que imaginan y necesitarán en el mundo real es la prueba de selectividad. ¿Selectividad? ¡Qué repeluco! ¿Es que sólo los selectos tienen derecho a ir a la universidad y los no selectos están condenados al infierno de la mano de obra barata -y a menudo muchísimo más cualificada que los técnicos-? ¿Es que no vale de nada el esfuerzo realizado durante años en el instituto, y por eso es necesario acudir a una prueba adicional? ¿Es que los profesores de bachillerato son de segunda división y por eso los estudiantes necesitan pasar un examen realizado por los hombres sabios cercanos a los hombres sabios y corregido por otros hombres sabios que sí son profesores de primera división, y cuya opinión vale más que la de los profesores de bachillerato? (…)
Luego, el alumno tiene que enfrentarse a una feroz competencia a la hora de conseguir que lo acepten en la facultad deseada, porque hay saturación debido a que muchos otros alumnos no han sacado nota para entrar donde deseaban y tienen que conformarse con entrar donde pueden o donde les dejan. O peor incluso; puede que el alumno en cuestión tenga que meterse por ejemplo en derecho porque en periodismo no lo admitían por la nota de selectividad. O sea, que es selecto, pero no lo suficientemente selecto como para entrar en periodismo. Como si un mal día fuera determinante a la hora de decidir el futuro de un adolescente -puede que el día de la selectividad, el estudiante en cuestión no tuviera a la musa de su parte; ¿por qué dudar de la juventud por principio?- (...)
En la edición de hoy de El Diario de Sevilla -ese insigne ejemplo de independencia editorial al que leo porque al enemigo hay que conocerlo-, año VIII, número dos mil quinientos noventa y tres, aparece un artículo que ilustra convenientemente estas impresiones de las que vengo hablando (…) Según un insigne profesor (…) habría que eliminar el coladero académico en que se ha convertido la universidad, y establecer un filtro tan riguroso de acceso que sólo pudieran superarlo los jóvenes con formación suficiente. Para conseguir esto, y hacerlo de forma real y absolutamente efectiva, sería indispensable transferir TODO el poder a los centros, para que sean éstos quienes decidan qué alumnos son merecedores de estudiar en la universidad y cuáles no -según establecía la anterior ley del último gobierno de Josemari-. Esto debería ser así porque según este ilustrado profesor, lo importante en la universidad tiene que ser la calidad y excelencia de sus alumnos y no otras cuestiones, ya que lo contrario es fruto de pedagogos progres -que acusan injustamente a los profesores del fracaso escolar- y sólo contenta a padres y alumnos malos. Claro, cómo no. La culpa del mal resultado de una operación quirúrgica es del enfermo, por estar enfermo, no del cirujano. Del enfermo y de Felipe González, claro (...)
Me pregunto cómo puede impartir Historia Moderna en la universidad. ¿Será para él historia moderna el líber iudiciorum? Este hombre sabio no se habrá enterado que hace tres décadas que todos los españolitos pobres somos iguales ante la ley -menos los ricos ricos, los hombres sabios, los fuera de la ley y Farruquito-. Este profesor no se ha enterado aún que eso de la excelencia y la calidad y Santiago y Cierra España no es Historia Moderna, sino Arqueología Social (…) ¿Qué enseñará este tipo en sus clases de Historia Moderna? ¿Que Marx fue el anticristo? ¿Que el Che era un terrorista? ¿Que Dolores Ibarruri fue una bruja -la última bruja de la historia-? ¿Enseñará que la Segunda República fue un terrible golpe de estado y que Franco acabó la Reconquista en mil novecientos treinta y nueve al terminar con ella y expulsar de una vez por todas a los rojos, moros y judíos que quedaban? ¿Tendrá como asesor a Pío Moa?
Seguro que esos padres y alumnos malos estarían muy contentos de quedarse fuera del sistema universitario gracias a sus sabios consejos, y de seguir pagándole su inmerecido sueldo mientras tanto. ¿Y qué haríamos con las estudiantAs? ¿Admitimos a las de calidad, a las buenorras que accedan a bajarse las braguitas? ¿Y al resto? ¿Rechazamos a las buenorras estrechas y a las feas? ¿Qué hacemos con los andaluces o los extremeños? ¿Los remitimos del tirón para labores agrícolas? (…)
Si a pesar de todo esto consigues sobrevivir y encontrar un puesto, te encuentras con la mayor de todas. La mafia. Sí señor, la mafia en estado puro. Los señores feudales, dispuestos a todo por conservar y disfrutar de todos sus rancios privilegios -incluido el de pernada, aunque con matices-. Estoy hablando de los colegios profesionales, claro está. Estos son los que controlan todo el tinglado. Tienes que pagar un peaje para ejercer una profesión cuyo derecho a ejercer te has ganado a pulso durante años de sacrificio (…) No basta con tu diplomita. Tienes además que ir y bajarte la ropa interior ante los colegios profesionales que te dan caña a saco, sin anestesia, y encima sonríen groseramente y con la desvergüenza propia de todo aquel que se sabe por encima de la ley. ¿Usted es abogado? No señor. Usted es licenciado en derecho. Pero usted no es abogado hasta que no pague el impuesto revolucionario -léase extorsión- que efectúan de manera legal dichos colegios. ¿Medico? ¿Doctor? Nada de eso, no señor. Usted apoquine, y entonces podrá ejercer. Usted ejercerá cuando yo quiera, porque yo soy el don del barrio, il capo di tutti le capi (…)
