Es curiosa la forma en las que ciertos representantes de esta especie sabia a la que pertenecemos han pasado a las páginas de nuestra propia historia. Aunque teniendo en cuenta el soberano ejercicio de modestia y humildad que alguien realizó en su día para denominar a nuestra especie, cuesta menos trabajo creer que ciertos “ejemplares” de la especie hayan terminado por aparecer en susodichas páginas. Somos sapiens sapiens. Ahí es nada. …cualquier individuo que afirma ser lo que es puede ser tachado de pedante incluso por sus más íntimos, mientras que la propia especie que se califica a sí misma de sapiens sapiens, está libre de tan peculiar adjetivo –o epíteto, no se enfaden ustedes, señores críticos, que ya me acordaré de su élite en el momento adecuado-. Si eso es modestia, que venga George W. Bush (¡¡¡salud!!!) y lo vea. ¡ Pobre Multatuli (Eduard Douwes Dekker), si levantara la cabeza y viera qué pocos somos los seguidores de su teoría de la humildad, y cuánto falso modesto va por el mundo pegando bombazos en nombre de la paz y la democracia...! Menos mal que en esta España hay una gran liebre, digo, menos mal que en esta España, que es una, grande y libre –qué lindo sería si las españas fueran múltiples, infinitas y libres de verdad -, siempre contaremos con algún tío Paco para defendernos y protegernos de las gordas judías esas. ¿O eran hordas? Bueno, qué más da. Si de todas formas, siempre tendremos al tío Paco o a alguno de sus herederos (…)
(...) si pudiéramos repasar uno a uno todos y cada uno de los nombres que llenan los libros de historia, veríamos que el porcentaje de personas que resultan un ejemplo negativo para el futuro es muchísimo más numeroso que el de las personas de las que se podrían obtener posibles modelos a seguir. Siempre fue fácil para gentes advenedizas hacerse un hueco en los entresijos del poder (…) Inútiles de medio pelo han escalado hasta los más altos peldaños de la miseria humana huyendo del anonimato, y a la caza de sus dos renglones en la historia, al mismo tiempo que para conseguirlo enviaban a miles de hombres válidos aunque anónimos a la muerte en nombre de causas justas, de discursos sentidos, de ideas de utopía, de banderas coloridas adornadas por escudos airosos. Miles de mujeres han sufrido la locura de esos mismos hombres. Miles de niños han perdido a padres y madres por el primer motivo, o el segundo. O incluso por los dos motivos a la vez. Y mientras tanto, esos inútiles, esos mediocres empedernidos que accedieron a lugares relevantes en sociedades en las que el quilo de mediocridad se pagaba a precio de oro, continuaban buscando entre retorcidos pliegues de retorcidos cerebros una frase por la que ser recordados en siglos venideros, a salvo de conflictos que ellos mismos crearon – y siguen creando, porque esta subespecie sigue existiendo -, sin jugarse nada más que las vidas ajenas (…)
(...) Siempre me ocurre en vacaciones. Miro y veo tanta riqueza, tanto despilfarro, tanto lujo... e intuyo cuánto esfuerzo ajeno habrá costado, cuánta miseria y necesidad ajenas, cuánto dolor y sufrimiento, cuánta sangre y cuántas vidas... Hombres sabios y sabias mujeres (…) A veces, desde nuestros quinientos años de ventaja, olvidamos que también llevamos el terror y el caos a otras tierras en nombre de algún dios, o alguna causa, o alguna bandera. A veces olvidamos que esas tierras siempre han acabado por sublevarse y expulsarnos de allí con nuestros dioses, causas y banderas, para recuperar sus dioses disfrazados de los nuestros, sus causas similares a las nuestras, y sus banderas diferentes aunque iguales a las nuestras (…)
(...) Qué bonita suena la marcha de la infantería, el ardor guerrero; qué bonito es el himno de los caídos. Sobre todo si lo entonan en honor de otro, mientras yo me dedico a mandar una bandera y una misiva con el dolor, el beso y el agradecimiento de la patria, mientras miro el reloj para no llegar tarde a la mesa que tengo reservada en el mejor restaurante. Pagan los contribuyentes, por supuesto.
El Mercado manda en la historia. Mejor dicho, el mercado escribe la historia. Y la pluma la empuñan aquellos que manejan a los títeres del sistema (…) El mercado manda, y cuando toca período de recesión, todo hijo de madre –o diosa -, tiene que apretarse el cinturón, como diría algún que otro político conocido en otras épocas. El mercado, el dinero, siempre ha estado manejando el timón, como si realmente fuese el director de orquesta, mientras el imperio contemporáneo a cada época actúa de primer violinista, el resto de líderes mundiales forman la orquesta, y los miles de millones de personas -¿o quizá víctimas?- del mundo asistimos impotentes al concierto que se empeñan en representar muy a pesar nuestro (…) Y a nadie le importa que no quisiéramos estar en ese concierto, a nadie le importa que no quisiéramos estar en ningún concierto. A nadie le importa que ni siquiera quisiéramos que se celebrara concierto alguno. Y finalmente, lo único que acaba por importarnos realmente es que el concierto ha terminado, y que la panda de farsantes vividores que forman la orquesta se ha largado sin destrozar el auditorio (...)
(...) Siempre me ocurre en vacaciones. Miro y veo tanta riqueza, tanto despilfarro, tanto lujo... e intuyo cuánto esfuerzo ajeno habrá costado, cuánta miseria y necesidad ajenas, cuánto dolor y sufrimiento, cuánta sangre y cuántas vidas... Hombres sabios y sabias mujeres (…) A veces, desde nuestros quinientos años de ventaja, olvidamos que también llevamos el terror y el caos a otras tierras en nombre de algún dios, o alguna causa, o alguna bandera. A veces olvidamos que esas tierras siempre han acabado por sublevarse y expulsarnos de allí con nuestros dioses, causas y banderas, para recuperar sus dioses disfrazados de los nuestros, sus causas similares a las nuestras, y sus banderas diferentes aunque iguales a las nuestras (…)
(...) Qué bonita suena la marcha de la infantería, el ardor guerrero; qué bonito es el himno de los caídos. Sobre todo si lo entonan en honor de otro, mientras yo me dedico a mandar una bandera y una misiva con el dolor, el beso y el agradecimiento de la patria, mientras miro el reloj para no llegar tarde a la mesa que tengo reservada en el mejor restaurante. Pagan los contribuyentes, por supuesto.
El Mercado manda en la historia. Mejor dicho, el mercado escribe la historia. Y la pluma la empuñan aquellos que manejan a los títeres del sistema (…) El mercado manda, y cuando toca período de recesión, todo hijo de madre –o diosa -, tiene que apretarse el cinturón, como diría algún que otro político conocido en otras épocas. El mercado, el dinero, siempre ha estado manejando el timón, como si realmente fuese el director de orquesta, mientras el imperio contemporáneo a cada época actúa de primer violinista, el resto de líderes mundiales forman la orquesta, y los miles de millones de personas -¿o quizá víctimas?- del mundo asistimos impotentes al concierto que se empeñan en representar muy a pesar nuestro (…) Y a nadie le importa que no quisiéramos estar en ese concierto, a nadie le importa que no quisiéramos estar en ningún concierto. A nadie le importa que ni siquiera quisiéramos que se celebrara concierto alguno. Y finalmente, lo único que acaba por importarnos realmente es que el concierto ha terminado, y que la panda de farsantes vividores que forman la orquesta se ha largado sin destrozar el auditorio (...)
